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• Modelo económico y crisis social
No vamos bien. La economía lleva tres años de no crecer, lo que
se traduce en el empobrecimiento de la sociedad. Claro, ese
empobrecimiento no se ha repartido igualitariamente, pero lo
cierto es que el nivel de vida del costarricense, en promedio,
se ha deteriorado.
Por si fuera poco, la situación fiscal es delicada, las tasas de
interés están subiendo (cuándo bajan en el mundo desarrollado) y
eso hace prever mayor desaceleración del crecimiento económico.
Una de las principales manifestaciones de este deterioro es el
aumento del desempleo: hay menos oportunidades de trabajo para
jóvenes y adultos. También ha crecido la pobreza. Según las
estadísticas, una de cada cinco familias y una de cada cuatro
personas es pobre hoy en Costa Rica. Tenemos una cifra mayor de
pobres que hace cuatro años: 723.528 personas no logran llenar
sus necesidades básicas. Pero lo más grave dentro de este ya de
por sí preocupante panorama es que lo que ha crecido es la
pobreza extrema, que pasó de afectar al 5,3 por ciento de los
hogares al 5,9 por ciento; es decir, aumentaron los hogares que
no pueden suplir siquiera sus necesidades alimentarias básicas.
Deterioro. Estos elementos muestran deterioro en la calidad de
vida y desarrollo humano del país. Para una sociedad que ha
definido el desarrollo humano como su prioridad más elevada,
dada una historia de logros sociales y democráticos, esto es
sumamente preocupante y desalentador.
También la seguridad de los ciudadanos es motivo de preocupación
creciente. Tanto en barrios populares como en los de clase media
y alta, así como en los negocios, la sensación de inseguridad ha
crecido. Y aunque no se puede atribuir la delincuencia solo al
deterioro socioeconómico y al aumento de la pobreza, esto tiene
un papel importante en la criminalidad.
Visión simplista. Algunos atribuyen este deterioro al "modelo"
económico de apertura y mayor integración del país a la economía
internacional y más específicamente al ajuste estructural que
hemos vivido en las últimas décadas. En mi opinión, esta es una
forma excesivamente simple de entender el problema, aunque sin
duda estos cambios producen desajustes y dificultades.
Es posible que para una buena parte de los países de
Latinoamérica y del tercer mundo en general, la globalización y
la liberalización sí sean en sí mismas las causas del grave
deterioro que han sufrido, por ejemplo, Argentina, Bolivia y
Perú. Pero en nuestro caso eso no es así. Sin negar el
empobrecimiento sufrido por el sector de agricultura
tradicional, especialmente de pequeños productores de frijol,
maíz, hortalizas y otros, es un hecho que paralelamente se han
generado oportunidades que solo mediante la apertura se podían
haber creado. Son decenas los ejemplos, pero se pueden
identificar con el turismo, las empresas de alta tecnología y
los servicios de diversa índole que se desarrollan
paralelamente.
Sin convulsiones. En los últimos 20 años, Costa Rica logró
mantener un ritmo de crecimiento económico promedio que permitió
mejorar los índices de desarrollo social y generación de empleo,
si bien no en las magnitudes esperadas sí ligeramente superior
al promedio latinoamericano (sobre todo al excluir los últimos
tres años). Tan importante como eso es el hecho de que se logró
lo anterior sin grandes convulsiones sociales y dentro de un
régimen de libertades públicas más amplio, con mayor protección
institucional del ciudadano ante el Estado. Esto en medio de
graves convulsiones hemisféricas.
Posiblemente estos logros se deben a que las transformaciones se
han hecho gradualmente y en un marco de inteligente negociación
de la situación geopolítica del país. Aunque algunos cambios
merecerían haberse hecho con mayor decisión y rapidez, el
balance general es positivo, dados los estiras y encoges
tradicionales. En lo económico no se ha perdido la dirección
general del proceso, aunque sí muchas buenas oportunidades,
sobre todo por falta de continuidad de algunos logros y
políticas y por la politiquería que nos condena a decisiones de
corto plazo y corto alcance.
Dogmatismo. En este panorama, preocupa que en el actual gobierno
no se haya actuado con decisión y convicción verdadera en
ciertos campos, como por ejemplo en el de la deuda pública.
Llama poderosa y negativamente la atención que el Ejecutivo y el
partido de gobierno no hayan impulsado ni considerado entre sus
prioridades el abatimiento de la deuda pública, si Liberación
Nacional propuso una iniciativa para su reestructuración. Se
podría combatir así una de las mayores carlancas para la
reactivación económica en momentos que se conoce un informe muy
crítico del Fondo Monetario Internacional sobre el estado y
perspectivas de la economía. Pareciera que ha prevalecido un
dogmatismo e inflexibilidad que ha acompañado a la
administración en estos cuatro años, especialmente en su
relación con el Poder Legislativo. Esta conducta contrasta con
uno de los factores que explica, como dijimos, el éxito
relativo, pero significativo, de estos años de ajuste y cambio.
¿O por cálculo político se estará esperando que pase el 7 de
abril?
No debería pesar la segunda ronda para aprovechar mejor este
período de sesiones extraordinarias y por lo menos avanzar de
modo importante en la solución de algunos de los problemas que
hemos arrastrado y acumulado. En esos matices puede estar la
gran diferencia en un mundo que no permite experimentar e
improvisar. El panorama del 2002 luce preocupante; procuremos
actuar con gran responsabilidad.
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