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Cada año, cientos de venezolanos cruzan la frontera para
buscar nuevos horizontes académicos. Al volver a la patria, la
mayoría debe enfrentarse al reto de conseguir empleo en un
mercado laboral contraído. Cuando no hay fórmulas mágicas, las
experiencias de otros pueden ser el mejor consejo
En 1999, más de 800 venezolanos cruzaron la frontera para
estudiar en el exterior carreras científicas o tecnológicas,
amparados por los créditos educativos otorgados por Fundayacucho
y otras instituciones como el Conicit (Reporte Nacional del
Ministerio de Ciencia y Tecnología). Muchos de quienes partieron
entonces regresarán este año. Vuelven –casi siempre- con un
currículo renovado: maestrías o doctorados en su hoja de vida,
reconocimientos de universidades extranjeras, recomendaciones
personales de eminencias académicas y una deuda por varios miles
de dólares. En algunos casos afortunados, la cuota mensual a
cancelar por el crédito es de 30.000 bolívares. En otros,
alcanza 200.000 bolívares.
De pronto, el deseo de poner en práctica lo aprendido fuera se
transforma para el recién llegado en la menos romántica pero
imperiosa necesidad de conseguir un trabajo que garantice la
supervivencia. Generalmente, un estudio de postgrado se extiende
por dos o tres años. No es un periodo muy largo, al menos
académicamente, pero puede tener efectos incómodos para quien se
reintegra a un mercado laboral de tan vertiginosa rotación. Que
su puesto ya no esté disponible es apenas la situación más
común. La recesión económica ha encogido la nómina de personal
de las empresas y la oferta laboral escasea.
Cómo comenzar
Las mejores recomendaciones suelen provenir de quienes han
tenido que afrontar el reto de buscar empleo al regresar a casa
después de haber estudiado en el exterior. Cada experiencia es
distinta en cuanto depende de muchos factores, como las
relaciones laborales previas, el campo de estudio y el área
laboral de interés. No obstante, todas coinciden en algunas
tácticas.
La vía más efectiva para reinsertarse en el mercado laboral es a
través de referencias de conocidos. Es regla común entre quienes
regresan del exterior anunciar su condición de agente libre a
aquellos contactos que están vinculados con el área laboral que
les interesa. Si la relación con el antiguo empleador es buena,
es recomendable tocar a su puerta, pues muchos han sido
enrolados nuevamente en cargos similares e incluso mejores a los
que ocupaban antes de irse. Por ejemplo, Paola Tábora realizó
una maestría en computación gráfica y medios interactivos en el
Pratt Institute, en Nueva York, que le tomó poco más de dos
años. Regresó hace tan sólo un mes, directamente a la empresa
para la que trabajaba antes de irse, que le ha ofrecido
desarrollar un proyecto relacionado con el área en la que se
especializó.
Es importante resaltar ante un potencial empleador y en el
propio currículo la relevancia de los conocimientos recién
adquiridos en el campo profesional y darse el valor que merece
haberlos cursado. Idana Rodríguez estudió animación experimental
en el California Institute of the Arts, en Estados Unidos. Una
beca del programa Fullbright y luego un crédito de Fundayacucho
le permitieron costearse la maestría de tres años. Antes de irse
había hecho algunos contactos y un mes después de su regreso ya
tenía trabajo en HBO. Está convencida de que sus estudios
influyeron significativamente en su contratación, pues en
Venezuela no existen programas tan especializados y completos en
el campo de la animación.
Trabajar free lance es una forma de darse a conocer como
profesional. Beatriz Ramírez fue una de las primeras extranjeras
egresadas de la maestría en Administración Pública de la
Universidad Nacional Autónoma de México, y lo hizo con un
promedio de casi 20 puntos. Regresó a Venezuela en 1985 y dos
años transcurrieron antes de que consiguiera trabajo. En ese
periodo de desempleo asesoró trabajos de investigación de manera
independiente, experiencia que la ayudó a entrar como docente en
una universidad.
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